
Emeki.- Se acercan de nuevo nuestras fiestas, las de todas y todos. Llegan los nervios, la emoción, los preparativos, los encuentros y los momentos que forman parte de los recuerdos más importantes de nuestra vida. Junto a todo ello, vuelve una herida que llevamos demasiados años sin conseguir cerrar.
En estas fechas es inevitable tener presente a las mujeres que nos precedieron. A nuestras madres, nuestras abuelas y nuestras bisabuelas. A aquellas mujeres que vivieron en una sociedad en la que sus posibilidades estaban muchas veces determinadas por haber nacido mujeres. Algunas no pudieron estudiar, votar, trabajar o decidir libremente sobre sus propias vidas.
Pero también recordamos a quienes no aceptaron que aquella realidad tuviera que ser para siempre. Mujeres que preguntaron por qué, que cuestionaron lo que parecía intocable y que ocuparon espacios que durante generaciones se les habían negado.
Entre ellas, aquellas mujeres extraordinarias que hace 35 años decidieron fundar Emeki Emakume Elkartea para lograr una sociedad más justa e igualitaria.
Gracias a todas ellas, muchas de nosotras hemos crecido con derechos y oportunidades que nuestras antecesoras no tuvieron. Y sabemos que ninguno de esos avances llegó solo.
Siempre hubo quien dijo que cambiar las cosas no era necesario. Que las cosas habían sido así toda la vida, que cuestionar determinadas costumbres suponía atacar la tradición.
Pero la historia nos ha enseñado que una costumbre no se convierte en justa únicamente porque lleve mucho tiempo existiendo. No se trata de decirle a nadie cómo debe sentir la fiesta. Tampoco de negar la historia, despreciar una tradición o cuestionar los sentimientos de quienes viven el Alarde de una determinada manera.
Toda persona tiene derecho a querer sus tradiciones, a participar en ellas y a vivirlas desde sus propias convicciones. También las mujeres.
Precisamente por eso debemos hacernos una pregunta sencilla:
¿Puede una mujer decidir libremente ocupar en el Alarde cualquier papel que un hombre pueda ocupar?
No estamos hablando de obligar a una mujer a participar como soldado, no estamos diciendo que quien quiera ser cantinera no pueda hacerlo, no estamos cuestionando la libertad de quien desea mantener una determinada forma de vivir la fiesta.
Estamos defendiendo algo mucho más sencillo: que el sexo de una persona no determine de antemano qué lugar puede ocupar en una celebración pública de toda la ciudad.
Porque hay una diferencia fundamental entre respetar una elección y convertir esa elección en una norma para las demás. Una mujer puede elegir ser cantinera, pero otra mujer también debería poder elegir ser soldado y ninguna de las dos debería tener menos derechos por haber nacido mujer. Ahí está el verdadero debate.
No en quién quiere más a Hondarribia. No en quién siente más profundamente sus tradiciones.
El debate está en si aceptamos que la libertad de una persona puede coexistir con la libertad de las demás. Porque defender la igualdad significa no obligar a todas las personas a vivir una fiesta de la misma manera. Significa garantizar que las mujeres tengamos los mismos derechos y que podamos participar en igualdad de condiciones que los hombres.
Hondarribia es de todas nosotras. De las mujeres que nacimos aquí y de las que han llegado después. De las que han cuidado de sus familias, de las que han trabajado, de las que han mantenido vivas nuestras costumbres, de las que han participado en la vida social, cultural y deportiva de la ciudad.
De todas esas mujeres que hemos construido Hondarribia cada día, muchas veces desde espacios invisibles y silenciosos.
Precisamente por eso debemos ser capaces de escucharnos. No podemos confundir convivencia con la obligación de mantener intacta una realidad que impide a otras personas ejercer las mismas posibilidades. La convivencia consiste en encontrar una manera de compartir lo común respetando los derechos de todas las personas.
¿Qué les diremos a nuestras hijas cuando algún día nos pregunten por qué durante tantos años una parte de la ciudadanía tuvo que luchar simplemente por participar en el Alarde en igualdad de condiciones?
¿Qué les diremos cuando nos pregunten por qué permitimos que este conflicto nos dividiera durante décadas?
Ojalá algún día podamos decirles que hubo un momento en el que Hondarribia decidió mirar hacia adelante, que comprendimos que la igualdad no era una amenaza y que fuimos capaces de entender que una fiesta puede ser mucho más grande cuando nadie queda fuera. Las fiestas deberían permitirnos volver a sentirnos parte de algo común.
Cerrar heridas nunca es fácil. Algunas necesitan tiempo y otras dejan cicatrices que no desaparecen. Pero algún día tendremos que decidir si queremos seguir heredando el conflicto o si queremos empezar a construir una convivencia diferente.
Las mujeres que lucharon antes que nosotras no lo hicieron porque quisieran dividir la sociedad. Lo hicieron porque querían formar parte de ella en igualdad.
El conflicto del Alarde tiene que terminar. No porque debamos olvidar lo ocurrido ni porque las heridas vayan a desaparecer de un día para otro, sino porque Hondarribia merece unas fiestas que unan en lugar de separar.
Quizás la mejor manera de honrar nuestra historia no sea repetirla exactamente igual generación tras generación, sino aprender de ella. Avanzar no significa obligar a nadie a renunciar a lo que siente. Significa conseguir que nadie tenga que renunciar a sus derechos para que otra persona pueda conservar sus tradiciones.
Las mujeres que lucharon antes que nosotras nos enseñaron algo muy importante: los avances sociales empiezan cuando alguien se atreve a preguntar por qué las cosas tienen que seguir siendo como siempre han sido.
Porque todas las grandes transformaciones sociales comenzaron cuando alguien se atrevió a preguntar:
¿Por qué tiene que seguir siendo así?
Hoy, esa pregunta sigue estando presente en Hondarribia, la respuesta que demos no hablará solamente del Alarde, hablará de qué tipo de pueblo queremos ser.
Y, sobre todo, de qué modelo de pueblo queremos dejar a quienes vienen detrás.
Que ser mujer nunca determine hasta dónde puede llegar nuestra libertad.
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