
Yo tenía cuatro años cuando empezó todo. Mis tías y mi madre tenían la edad que tengo casi ahora. Hoy casi todas ellas superan los sesenta años y yo voy a cumplir treinta y cuatro.
Por eso, cuando escucho que esto son simplemente dos formas de vivir la fiesta, siento la necesidad de responder.
Porque es un deber y me debo a la verdad.
No porque quiera discutir sobre nada ni sobre "maneras de entender" el Alarde. Hay perspectivas sí pero una sola realidad.
En una existe discriminación y en la otra paridad.
Y por eso es importante que no olvidemos algo: La memoria.
La memoria de quienes desfilaron escoltadas por antidisturbios.
La memoria de quienes recibieron amenazas.
De quienes vieron cómo se rompían amistades de toda una vida (que tan amigas no serían).
De quienes dejaron de tener familia (y sí, el árbol genealógico también se poda).
De quienes dejaron de recibir clientes en sus negocios por haberse posicionado.
De quienes encontraron pegatinas cubriendo las placas de sus despachos cada mañana durante las fiestas y hasta el 1 de julio.
La memoria de quienes recibieron huevos, insultos, desprecio, botellines y vasos de cristal.
La memoria de quienes tuvieron que esconderse en portales, marcharse por recorridos alternativos y atravesar huertas para evitar ser perseguidas.
La memoria de quienes tenían que cambiarse después de desfilar para seguir viviendo la fiesta por miedo a las agresiones, físicas y verbales.
La memoria de quienes desfilaban por la calle mayor en la bajada y se volvía ratonera por los tapones que hacían para impedir nuestro paso, de quienes hacían lo imposible por apoyarnos desde las aceras.
Hablo desde mi realidad.
Hablo desde mi memoria.
Y hablo desde la realidad de mi familia.
Mi tía Ku era abogada penalista. Trabajaba y trabajó durante años en su propio despacho, aunque al inicio de este conflicto tenía dos socias. En una ocasión, las 3, encontraron balas en el buzón.
No una discrepancia.
No una discusión.
No una diferencia de opinión.
Balas.
Recuerdo encender la televisión y poner Localia para ver el desfile de la mañana.

Y recuerdo perfectamente a quién vi.
Vi a mi tío en el suelo mientras lo arrastraban por los brazos.
Recuerdo cómo un grupo de personas hacía tapón para impedir el paso de una compañía igualitaria. A la policía. Recuerdo la sentada posterior de las y los integrantes de Oiasso y la retirada de quienes allí se encontraban.
A rastras.
Recuerdo ponernos en la sala de mi abuela con unas lonas, pintura y rotuladores en el suelo con mis tías y entre todas hacer un cartel que leía. "Sí a las mujeres en el alarde" qué posteriormente colgaríamos desde el tercer piso del despacho de mi tía.
Recuerdo también a quiénes vi recibir un huevazo.
A mi tía Kay.
A mi tía Ku.
A mi abuela Carmen cuando bajaba al portal.
A mi tía Karmentxu, diciéndome al paso del ensayo de una compañía del Alarde discriminatorio cuando con 6 o 7 años decidí darme la vuelta; que eso no se hacía, que era una falta de respeto y que recordará siempre que yo no era igual que ellos.
A mi tía y tío que viven fuera acompañándome saliendo yo de cantinera, el día 30 en mi arrancada de la tarde hace 13 años y escuchar los insultos a la subida de la Calle Mayor, haces oídos sordos. (Los aplausos fueron muchos pero los insultos se te quedan.)
Recuerdo a mis primos, pequeños en su momento y ya no tanto, en los ensayos sin entender pero entendiendo todo.
Y recuerdo a mi madre.
A mi madre, intentando taparme los oídos. Intentando convencer a una niña de de que no estaban insultando a sus tías. Cambiar de canal para que no viera, apartandome de la ventana para no oír las burradas qué decían. A ella intentando protegerme cuando ya no podía ocultar más lo que estaba ocurriendo.

Mi padre recuerda también mientras abría su lugar de trabajo en aquel entonces, el Eskina, cómo dos mujeres, una de ellas, quien fuera esencial en esos primeros pasos, y los que siguieron, bajar corriendo la cuesta San Marcial a toda velocidad pedían ayuda, y él vio como un coche se detuvo y pudo abrir la puerta de este, y las metió para sacarlas de allí.
Porque las perseguían.
Porque las iban a linchar.
Sí, estáis leyendo bien.
Recuerda también acompañar a mis tías y la compañía por recorridos alternativos, por lo que pudiera pasar.
Recuerda el miedo.
Y yo también lo recuerdo.
Era una cría.
Recuerdo el miedo en los ojos de mi madre.
De mis tías antes de desfilar.
De mi abuela y de mi abuelo mientras salían de casa pidiéndoles por favor que tuvieran cuidado.
Recuerdo también a otro tío.
Participaba, lógicamente, en el Alarde de ese momento, en la única opción que había, en otra compañía junto a sus amigos, como había hecho siempre.
En aquellos primeros años, cuando no había manera de subir la cuesta de San Marcial, cuando era toda una odisea llegar a San Juan, colocarse a un lado con su parche marcando el ritmo para quienes subían escucharan, entre gritos e insultos la marcha y pudieran seguir tocando.
Y también recuerdo cómo gran parte de su cuadrilla le dio la espalda durante muchos años. Sutilmente y luego no tanto.
Eso también ocurrió.
Y eso también forma parte de esta historia.

Por eso me alegra que muchas personas participen cuando antes no lo hacían.
Lo he visto muchas veces pero especialmente este año pasado y este. El día 30 y en los ensayos.
Me alegra que, para muchas personas, el Alarde sea más fiesta que conflicto.
Y ojalá siga siendo así.
Pero una cosa es celebrar que las cosas han mejorado y otra muy distinta actuar como si el camino hubiera sido sencillo, minimizándolo o simplemente tratándolo como si no hubiera existido.
No pido ni pedimos carnés.
No pido ni pedimos pasar lista.
No pido ni pedimos señalar a nadie.
Pero sí pido, y pedimos, algo mucho más sencillo:
Memoria.
Memoria para recordar que los derechos que hoy parecen normales tuvieron un coste altísimo.
Memoria para reconocer a quienes soportaron la presión cuando era mil veces más difícil hacerlo.
A todas las mujeres que reclamaron nuestro derecho a participar. Y a todos los hombres que hicieron esa lucha suya también y que permanecieron firmemente a nuestro lado.
Pero también memoria para algo más.
Para recordar que muchas de las personas que comenzaron a caminar cuando nadie lo hacía, quienes comenzaron prácticamente a gatas, que siguieron avanzando y nos dejaron las huellas bien marcadas para que no perdiéramos el camino, ya no están aquí.
No están entre nosotros.
Han pasado treinta años.
Treinta.
Y precisamente por eso les debemos memoria, les debemos recuerdo y les debemos reconocimiento.
Porque gracias a quienes desfilaron y nos apoyaron cuando hacerlo suponía pagar un precio personal, familiar, social y laboral enorme, hoy, muchas personas pueden vivir el Alarde en ambiente festivo.
Por eso nuestra petición sigue siendo la misma que hace 30 años: Un alarde único y paritario, como ya somos, y organizado como hasta entonces por el Ayuntamiento, quien se debe a todas y todos sus ciudadanos.
Por eso y sin equidad real, no existía, no existe, ni existirá nunca otra forma de vivir ni entender la fiesta.
Arantza Vázquez López
Soldado y cantinera 2013, Compañía Lápice.
23 de Junio de 2026.
Por favor, difundid.

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