Civismo en Irun
Jon Mikel Sagastibeltz.- Soy un ciudadano cívico. Le doy a la llave de contacto de mi coche y pongo en marcha una tonelada de chatarra para que transporte mis setenta kilogramos. Lleno mi depósito con gasolina que ni sé ni me importa de dónde procede ni cuántas guerras ha causado. El asfalto que piso en la autovía ha desgajado del paisaje caseríos, valles y bosques parecidos a los que admiro por la ventanilla. El centro de la ciudad es mío y los metros cuadrados que ocupo con mi coche en movimiento se duplican en el aparcamiento.
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Estos días decenas de jóvenes Getxotarras acampan resistiendo a la construcción de un parking en Ibarbengoa, último reducto rural de Getxo.

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Paulo Slachevsky. Fundador de la Editorial LOM. Siempre me he sentido orgulloso de ser parte del pueblo judío, de una cultura que con todas sus contradicciones vio nacer a Montaigne, Spinoza, Marx, Freud, Einstein, Trotsky, Arendt, tantos hombres y mujeres que han hecho significativos aportes a la humanidad, en la creación y en la búsqueda de un mundo más justo y humano.
Por mucho que se nos repita, como si de un mantra se tratara, que la luz a este oscuro túnel es ya visible, la realidad, tozuda ella, se empeña en tirar por tierra esa afirmación convertida en puro misticismo. Dos datos lo demuestran, la memoria de Bidasoa Activa
Irun es una ciudad altamente congestionada. Contaminación mal olor y ruido son los regalos que el denso e incesante tráfico brinda a la ciudadanía. El aire se vuelve irrespirable en casi todo el centro, donde el cemento y el asfalto lo inundan todo y no hay ni áboles ni sombra. Cruzar Irun a pie los días de calor y sol se vuelve un infierno. ¿Es ésto calidad de vida?